Nunca me imaginé que sentirse sola pudiera dar tanto miedo. Para muchas personas, la soledad puede significar tranquilidad, descanso o un momento para pensar, pero para mí, durante mucho tiempo y de manera inesperada, significó todo lo contrario. Representaba silencio, pensamientos que no podía controlar y una sensación de vacío que aparecía especialmente cuando dejaba de tener algo o a alguien que me acompañara o me distrajera.

Creo que mi miedo a la soledad inició cuando empecé a sentir que necesitaba tener siempre a alguien cerca, una persona con quien hablar o salir, contarle lo que me pasaba o simplemente saber que estaba ahí. Cuando esa compañía desaparecía, aunque fuera por unas horas, comenzaba a sentirme extraña, miraba mi celular esperando un mensaje, revisaba las redes sociales o buscaba cualquier cosa para mantener mi mente ocupada, porque no quería quedarme sola con mis pensamientos.
Sentirse sola en medio de la gente.
Lo chistoso es que muchas veces no estaba realmente sola, podía estar rodeada de amigos, familiares o personas que quería y aun así sentir ese vacío. Ahí entendí que la soledad no siempre depende de cuántas personas tengamos a nuestro alrededor, a veces podemos sentirnos solos en medio de una multitud. Para mí, el problema estaba en lo que sentía cuando todo se quedaba en silencio. En esos momentos donde las dudas me invadían y las preguntas frecuentes aparecían: ¿Quién se quedará conmigo al final?, ¿Qué haría si algún día todos los que dicen que me aman se alejaran?, ¿Seré suficiente para que alguien se quede?, ¿Realmente hay algo malo en mí? estas preguntas pueden parecer tontas, pero cuando aparecen una y otra vez, empiezan a pesar.
También he llegado a pensar que el miedo a estar sola puede hacer que uno esté donde no debería. Cuando tenemos miedo de perder a alguien, podemos comenzar a aceptar cosas que normalmente no aceptaríamos, podemos justificar actitudes, aguantar situaciones o esconder lo que sentimos con tal de no enfrentarnos a una despedida, y yo he pasado por eso.
En algún momento llegué a pensar que era mejor tener a alguien, aunque la relación no fuera la mejor, a no tener a nadie, pero con el tiempo entendí algo que me costó aceptar ”tener compañía no siempre significaba sentirse acompañado”. Puedes estar al lado de alguien y sentirte completamente invisible, puedes hablar todos los días con una persona y aun así sentir que nadie realmente te escucha.
Aprender a no aguantar por miedo a la despedida.
La soledad que más miedo me daba terminó enseñándome algo importante ”No puedo depender de otra persona para sentir que mi vida tiene valor”. Eso no significa que ahora prefiera estar sola todo el tiempo, al contrario, me gusta sentirme querida, recibir cariño, compartir una conversación o tener a alguien con quien reírme de cualquier tontería. Necesitar cariño y compañía es completamente normal, somos personas y obviamente nos gusta socializar, lo que estoy aprendiendo es que una cosa es querer compañía y otra muy diferente es necesitarla para sentirme bien conmigo misma. De hecho, estar sola también me permitió conocerme mejor. Cuando no tenía a quién contarle inmediatamente lo que sentía, aprendí a escucharme a mí misma, cuando no había con quién estar, también aprendí a enfrentar mis emociones y aunque algunas veces eso dolía, también me ayudó a entender cosas que antes no quería aceptar.

He aprendido que puedo tener un día malo y seguir adelante, que puedo llorar sin que alguien tenga que venir a salvarme, que puedo salir, escuchar música, ver una película, comer algo que me gusta o simplemente quedarme en mi habitación y disfrutar de mi tiempo. Antes sentía que el silencio era mi enemigo, ahora intento verlo como una oportunidad para descansar de todo lo que pasa afuera. No siempre lo consigo, todavía hay noches en las que quisiera tener a alguien a mi lado, hay momentos en los que extraño a personas que ya no están y conversaciones que no volverán, hay recuerdos que aparecen sin avisar y hacen que la soledad vuelva a sentirse pesada, pero ahora sé que sentirme sola no significa que esté abandonada u olvidada.
Claramente las personas cambiamos, algunas se van y otras llegan, hay relaciones que duran años y otras que solamente forman parte de una etapa. Antes pensaba que cada despedida significaba perder una parte de mí, hoy intento entender que puedo seguir siendo yo después de que alguien se vaya. Quizás esa sea una de las cosas más difíciles de aprender, el aceptar que no todas las personas están destinadas a quedarse, y aunque todavía me cuesta, ya no quiero aferrarme a alguien solamente por miedo, quiero aprender a elegir a las personas desde el cariño y no desde la necesidad. Quiero estar con alguien porque me hace feliz, no porque tenga miedo de descubrir cómo se siente estar sin esa persona.
Quedarme conmigo cuando todos se van.
Creo que crecer también significa aprender a estar con uno mismo, no para alejarnos de los demás, sino para aprender que nuestra felicidad no puede depender completamente de alguien más. Hoy todavía tengo miedo a la soledad, pero ya no quiero estar con ella, estoy aprendiendo a sentarme con mis pensamientos, a escuchar lo que siento y a entender que no necesito llenar cada silencio.

Tal vez la soledad nunca deje de darme un poco de miedo, tal vez habrá momentos en los que necesite un abrazo, una conversación o simplemente tener algo con qué distraer mi mente y estar bien. No quiero dejar de necesitar a las personas, solo quiero aprender a no perderme a mí misma por miedo a perderlas, porque al final entendí algo que antes me cegaba ”Estar sola no significa estar vacía, a veces significa tener la oportunidad de encontrarme conmigo misma” y quizás eso era lo que más miedo me daba descubrir, que incluso cuando todos se van, todavía tengo que aprender a quedarme conmigo.
Por Isabela Pardo
