Descubriendo el mundo un intercambio a la vezDescubriendo el mundo un intercambio a la vez

Durante mucho tiempo he sido una persona bastante insegura. Aunque quienes me conocen puedan verme como alguien extrovertida, que le gusta mamar gallo y se desenvuelve con facilidad, hay una parte de mí que suele cuestionarse mucho más de lo que deja ver. Me da miedo equivocarme, decepcionar a las personas que quiero, no estar a la altura de las expectativas que tienen de mi y, muchas veces, hasta hablar con alguien que no conozco.

Por eso, cuando pienso en mi intercambio, no puedo evitar pensar en la cantidad de cosas que hice mientras sentía miedo. Desde tomar la decisión de irme hasta grabar videos para la universidad, hubo muchas ocasiones en las que mi primera reacción fue dudar de mí misma.

Y, sin embargo, terminé viviendo una de las experiencias más bonitas e importantes de mi vida.

La oportunidad que casi dejo pasar

Mi historia con España comenzó por una amiga que quería hacer un intercambio universitario. Como solíamos hacer muchas cosas juntas, la idea de vivir esa experiencia con ella me llamó la atención. Así que decidimos iniciar el proceso, aunque, por diferentes circunstancias, no pudimos continuarlo en aquel primer intento.

El siguiente semestre, la oportunidad volvió a aparecer. Mi amiga insistía en que nos inscribiéramos, pero yo seguía aplazándolo. Decía que iba a hacerlo y al final no lo hacía, hasta que llegó el último día de las inscripciones y ella terminó agarrando mi celular e hizo el registro por mí.

Sí, literalmente, así comenzó todo.

Al principio, ella era quien estaba más pendiente del proceso y quien más me animaba a continuar. Yo empecé a involucrarme de verdad cuando vi que mi directora también se emocionaba con la posibilidad de que me fuera, que mi mamá estaba feliz por mí y que las personas a mi alrededor comenzaban a imaginar esa experiencia incluso antes que yo.

Pero entonces nos dan la noticia de que no nos iríamos al mismo país. Mi primera reacción fue pensar que, si no íbamos a estar juntas, yo tampoco me iría. Y aunque mi amiga insistía en continuar el proceso, creo que ese momento dejó en evidencia uno de mis mayores miedos: enfrentarme sola a algo que no conocía.

Finalmente, conseguí una beca de manutención y tuve la oportunidad de ir a la universidad que había escogido desde el inicio. Poco a poco, lo que había comenzado como una idea impulsada por otra persona empezó a convertirse en una experiencia que yo también deseaba vivir. No sabía exactamente qué me esperaba, pero ya estaba dentro del proceso. Y, aunque en ese momento no lo veía de esa manera, quizás esa fue mi primera lección: a veces no necesitamos tener todas las respuestas antes de dar el primer paso.

Llegar a España con miedo de no dar la talla

Cuando finalmente llegué a España, estaba feliz, emocionada y ansiosa por descubrir cómo sería mi nueva vida. Pero también tenía muchísimo miedo. Me preocupaba el clima, la adaptación, las personas, la universidad y todo aquello que iba a ser diferente de lo que conocía. Sobre todo, me preocupaba no poder hacer amigos, no saber cómo relacionarme con los demás o sentir que no encajaba en un lugar en el que prácticamente todo era nuevo para mí.

Las primeras semanas fueron especialmente retadoras. Estaba sola, lejos de mi familia, de mis amigos y de mi entorno habitual. Pero creo que lo más difícil no fue simplemente estar sola, sino enfrentarme a todas las dudas que llevaba conmigo. Cada cosa que hacía venía acompañada de un montón de preguntas. “¿Y si no puedo? ¿Y si no soy capaz? ¿Y si no cumplo con las expectativas que tienen sobre mí? ¿Y si al final no me va tan bien como todos esperan?”

Siempre he tenido esa costumbre de anticiparme a lo peor. A veces siento que es mi manera de protegerme de una posible decepción: si espero que algo salga mal y sale mal, al menos no me sorprende; y si termina saliendo bien, recibo la sorpresa con mucha más felicidad de la que habría imaginado.

El problema es que, mientras intentaba prepararme para todas las cosas que podían salir mal, también me costaba reconocer las posibilidades de que algo saliera bien.

Curiosamente, disfruté esos primeros días de soledad. Necesitaba ese espacio. Me gusta estar sola, pasar tiempo en mi cuarto, escuchar música y no tener que estar constantemente rodeada de personas. Con el tiempo comprendí que disfrutar de mi soledad y tener miedo a enfrentarme a lo desconocido podían coexistir. No tenía que elegir entre ser una persona que disfruta estar sola y alguien que quiere construir vínculos con los demás.

Simplemente estaba aprendiendo a vivir de una manera diferente.

Las personas que hicieron que España se sintiera un poquito más como casa

Mi primera amiga en España fue Janine, o como todos le dicen, Nine. Ella fue la primera persona que se acercó a hablarme, a preguntarme quién era, de dónde venía y qué estaba haciendo ahí.

Quizás para alguien más eso habría sido una conversación cualquiera, pero para mí significó mucho. Yo tenía miedo de acercarme a las personas, de no saber qué decir y de no conseguir construir amistades. Que alguien tomara la iniciativa hizo que todo se sintiera un más sencillo.

Nine también estaba haciendo un intercambio y era de Bogotá. Me ayudó a conocer la ciudad, a entender cómo funcionaban algunas cosas de la universidad y a adaptarme durante los primeros días. También fue una compañía importante cuando extrañaba mi casa y mi país. Hasta hoy seguimos hablando de vez en cuando, y le sigo teniendo mucho cariño y agradecimiento por haber sido una de las primeras personas que me hizo sentir acompañada en un lugar nuevo.

Después conocí a Majda, una amiga marroquí con quien terminé compartiendo muchas más cosas de las que habría imaginado. Venimos de contextos culturales y religiosos diferentes, pero descubrí que teníamos muchas similitudes en nuestra crianza, en nuestra manera de pensar y en la forma en que nos relacionábamos con determinadas situaciones. Conocerla me permitió entender que, aunque crezcamos en países distintos, hay experiencias humanas que pueden acercarnos mucho más de lo que pensamos.

También encontramos algo en común que terminó siendo especialmente importante para mí: las dos tendíamos a ser bastante inseguras con nuestro trabajo y con las cosas que hacíamos.

Majda fue una de esas personas que me recordaba que estaba bien equivocarme, que no tenía que hacerlo todo perfecto a la primera y que la universidad era precisamente el lugar en el que podía aprender. Que no necesitaba saberlo todo ni demostrar que era capaz de hacer cualquier cosa sin cometer errores. Y mientras ella me recordaba esas cosas, yo intentaba recordárselas también.

Siempre me ha gustado ayudar a las personas que quiero a reconocer su valor. Me gusta hacerles saber que su trabajo importa, que pueden aprender de sus errores y que no tienen por qué sentirse incapaces solo porque algo no les salió como esperaban.

No lo hago porque crea que tengo todas las respuestas ni porque me considere la persona más segura o más sabia del mundo. Pero sí me importa que las personas que quiero no se sientan tan inseguras como me siento yo en algunas ocasiones. Me gusta ayudarlas a encontrar otras maneras de mirar sus problemas, recordarles las cosas buenas que tienen y hacerles saber que equivocarse no significa que no sean capaces.

Encontrar a alguien como Majda me permitió verme desde otra perspectiva. Me hizo pensar en todas las veces que había intentado convencer a otra persona de que era suficientemente buena, mientras yo misma seguía buscando razones para dudar de mí. Quizás necesitaba empezar a escuchar mis propios consejos.

Porque si podía entender que alguien más tenía derecho a equivocarse, aprender y mejorar, ¿por qué me costaba tanto concederme ese mismo derecho?

También sabía hacer las cosas bien

Una de las cosas que más agradezco de mi intercambio es haber podido comprobar que mis inseguridades no siempre correspondían con mis capacidades.

Antes de irme, imaginaba que me iba a ir mal académicamente. Llegué a pensar que regresaría con un promedio de 3.0, como si ya estuviera preparándome para confirmar todas las dudas que tenía sobre mí misma. Pero terminé el semestre con un promedio de 4,2.

Más allá de la nota, la experiencia me permitió reconocer el valor de la formación que había recibido en mi alma mater. A veces existe la idea de que estudiar en otro país, especialmente en una universidad europea, significa encontrarse automáticamente con una formación superior en todos los aspectos. Yo, en cambio, pude comprobar que tenía muy buenas bases.

En las clases me encontré con conocimientos, metodologías, tendencias y herramientas que ya conocía gracias a mi formación en Colombia. En algunas ocasiones, incluso, pude aportar conocimientos que mis compañeros todavía no habían adquirido. Eso me hizo sentir orgullosa de mi universidad y también me ayudó a mirar mi propia formación desde otra perspectiva. No estaba llegando a España sin saber nada ni tenía que demostrar que era capaz de aprenderlo todo desde cero. Ya llevaba conmigo conocimientos y experiencias que tenían valor. Y creo que necesitaba recordarlo.

Durante mucho tiempo he dudado de mi carrera, de mi trabajo y de si realmente soy suficientemente buena para lo que hago. A veces siento que mi timidez y mi inseguridad se contradicen con algunas de las exigencias de la Comunicación Social, y eso me ha llevado a cuestionarme si escogí el camino adecuado.

Mi intercambio no resolvió todas esas preguntas, pero sí me permitió entender que una cosa es tener dudas sobre lo que haces y otra muy diferente es ignorar las cosas que has logrado. Por primera vez en mucho tiempo, tenía experiencias concretas que podía utilizar para contradecir esa voz que siempre parecía encontrar algo que criticar.

Y entonces llegaron los vlogs.

“Seguimos informando Direc”

Al principio, grabar los vlogs de mi intercambio no estaba en mis planes. Simplemente estaba esperando a que comenzaran las clases, tenía tiempo libre y quería hacer algo que me ayudara a distraerme. Así que grabé y edité un primer video para mi directora, con la intención de compartirle cómo me estaba yendo y mostrarle un poco de mi experiencia en España.

@iam.not.gloria

POV: tú Direc quiere que le cuentes cómo te va pero a ti te gusta complicarte y le haces vlogs 🤪🫶🏽 #BienDesocupadaPorAhora #ElJetLagMeTieneMal #QuePenaQueLoVea #YaNoSeUsarTiktok

♬ sonido original – Suuu

Lo que no esperaba era que mi directora, “la Direc”, quisiera compartirlo en la página del programa. Y ahí empezó el miedo. Hasta ese momento, casi nunca había aparecido en la página por más de unos segundos, y eso, de fondo en algún evento. Había tenido oportunidades de hacerlo, pero las esquivaba. Siempre encontraba alguna manera de hacerme a un lado o de evitar una situación que me obligara a exponerme de esa forma.

Por eso, cuando la Direc me propuso publicar el video, no fue tan sencillo como decir que sí y ya. Significaba permitir que más personas me vieran, escucharan lo que tenía para contar y conocieran una parte de mí que hasta entonces prefería mantener detrás de la cámara.

Pero lo hice. Después de ver la acogida que tuvo el primer video, decidimos convertirlo en una serie e incentivar a que mis otros compañeros, que también estaban de intercambio, lo hicieran. Para el segundo vlog ya sabía dónde terminaría publicado. Esta vez estaba creando contenido que sería visto por personas que no necesariamente me conocían.

Cuando vi el resultado y recibí los comentarios de mis amigos y mi familia, sentí algo que no siempre me permitía sentir: orgullo por mi propio trabajo. Pensé en la persona que había sido durante el primer semestre de la carrera, en todas las veces que había preferido hacerme la loca antes que aparecer frente a una cámara. La Gollita de aquel momento probablemente habría encontrado alguna excusa para no hacer ni siquiera el primer video.

Y, sin embargo, ahí estaba yo, grabando, editando y compartiendo mi experiencia con otras personas. Pero hubo un momento que significó todavía más.

Un día, la Direc me compartió un mensaje que le había enviado una conocida sobre mis videos. Le decía que le gustaba verme cada semana, que disfrutaba mi contenido. Y yo, literalmente, me puse a llorar.

Mensaje de Instagram

Puede parecer una reacción exagerada por un comentario sobre unos videos, pero para mí no se trataba solamente de eso. Por primera vez en muchos años de carrera, sentí que estaba empezando a hacer las cosas bien. Que algo que yo había creado estaba llegando a alguien y que esa persona encontraba valor en lo que yo hacía.

Durante mucho tiempo volví a ese mensaje cuando me sentía desmotivada o empezaba a pensar que quizá no estaba haciendo las cosas tan bien como debería. A veces, cuando pasamos tanto tiempo cuestionándonos, olvidamos que nuestra percepción de nosotros mismos no siempre es la única manera de vernos. Yo podía seguir pensando que no era suficientemente buena, pero también existía alguien que esperaba ver mis videos cada semana. Y eso me dio valor para continuar.

No voy a decir que después de eso dejé de tenerle miedo a la cámara. Todavía me cuesta. Todavía hay situaciones en las que prefiero no hacerlo. Pero ahora tengo un recuerdo al que puedo volver cuando empiezo a dudar de mí misma. Tengo la prueba de que alguna vez hice algo que me daba miedo y que, al hacerlo, conseguí llegar a alguien.

Todavía tengo miedo, pero ahora sé algo más

Si algo me dejó mi intercambio en España fue la certeza de que no siempre podemos confiar en la manera en que nos vemos a nosotros mismos.

Durante mucho tiempo he sido mi crítica más difícil. He dudado de mis capacidades, de mi trabajo y hasta de si elegí el camino correcto. Muchas veces he esperado lo peor de las situaciones porque, de alguna manera, sentir que ya me había preparado para una decepción me parecía más fácil que permitirme tener expectativas.

Y, sin embargo, España me regaló experiencias que no encajaban con todas esas ideas que tenía sobre mí.

Nunca pensé que unos videos terminarían haciéndome sentir tan orgullosa. Nunca imaginé que el mensaje de una persona que disfrutaba verme cada semana se convertiría en algo a lo que volvería tantas veces cuando dudara de mi trabajo. Tampoco imaginé encontrar personas que terminarían siendo importantes para mí y llegar a querer tanto un lugar del que, al principio, tenía miedo.

No sé si todo eso me convirtió en una persona diferente o si simplemente me permitió conocer partes de mí que no había tenido la oportunidad de descubrir. Lo que sí sé es que regresé con algo que antes me costaba mucho encontrar: razones para creer un poquito más en mí misma.

Todavía me cuesta reconocer mis logros sin encontrar inmediatamente algo que podría haber hecho mejor. Todavía tengo miedo de equivocarme, de decepcionar a las personas que quiero y de no estar a la altura de lo que se espera de mi. Pero ahora tengo recuerdos que me permiten cuestionar esas dudas.

Si pudiera hablar con la Gollita que era antes de irme, no le diría que dejara de tener miedo. Tampoco le prometería que todo saldría perfecto. Le diría que no necesita sentirse preparada para empezar porque hacer las cosas con miedo, también está bien.

Por Gloriamaría Romero Vásquez

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