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Hay experiencias que esperamos con mucha emoción, sin saber exactamente lo que nos vamos a llevar de ellas. Para mí, el campamento “Selectos” fue una de esas experiencias. Durante esos días, tuve la oportunidad de compartir con amigos y jóvenes de mi iglesia en un espacio organizado por el comité de jóvenes y la iglesia, cerca de Valledupar.

Antes de asistir, me sentía muy emocionada, ya que este era mi primer campamento con los jóvenes en este lugar. Tenía muchas expectativas y, sobre todo, el deseo de que Dios hablara a mi vida.

La emoción de comenzar una experiencia diferente, con muchas expectativas sobre lo que viviríamos durante el campamento.

El punto de encuentro era la iglesia. Allí llegamos con nuestras pertenencias para que las llevaran en un camión hasta el lugar de destino. Me encontré con mis amigas y todas estábamos muy emocionadas. Después de que llegáramos todos, nos dirigimos en buses hacia la casa campo.

Cuando llegamos, descargamos nuestras cosas y nos preparamos para el primer servicio: un culto en el que Dios nos habló de una manera muy especial.

Fue tan lindo e increíble que terminó casi a las dos de la mañana. Apenas terminó, todos nos dirigimos a nuestras habitaciones. Imagínense que dormíamos como veinte personas en una sala súper grande, pero cada una tenía su espacio para dormir cómodamente. Además, era divertido, porque hablábamos y nos reíamos mucho.

El comienzo de nuestra aventura.

Al siguiente día, sábado, el servicio empezaba a las 9:00 a. m., así que teníamos que levantarnos temprano para recibir nuestros desayunos y alistarnos.

Los momentos alrededor de la mesa también hicieron parte de la experiencia. Entre el desayuno y la preparación para las actividades, compartíamos como grupo.

Cuando llegó el momento del culto, comenzamos a cantar y a orar. La verdad es que es muy difícil explicar lo que sentí. Verdaderamente, la presencia de Dios se manifestó de una manera muy especial. Sentí cómo sanaba mi corazón, me recordó mi valor y el propósito que tiene para mi vida.

Yo tengo un Dios extremadamente bueno que, aunque no puedo ver, puedo sentir. Cada día, en cada detalle, está presente.

La sesión de la tarde también estuvo muy linda. Dios me recordó que, aunque somos seres humanos que por naturaleza pecamos y cometemos muchos errores, Él sigue permaneciendo fiel. También me recordó que no debo permitir que esas cosas o esos pensamientos que abundan en mi mente me apaguen o me quieran alejar de Él, porque siempre me va a esperar con los brazos abiertos.

Su amor es infinito e inagotable.

En la noche vivimos un momento especial, ya que nos pusimos nuestro suéter con el lema del campamento. Durante ese servicio, Dios me habló por medio de su Palabra y me hizo entender que el hecho de ser “Selecto” no significa que sea mejor que los demás, ni que las otras personas dejen de tener valor para Dios.

Ser selecto significa entender que Dios me ha llamado a vivir con un propósito y que, si ponemos nuestra vida en sus manos, podemos confiar en que Él nos guiará. Dios siempre quiere lo mejor para nosotros, sus hijos. No tenemos que vivir una vida al azar cuando Él nos está llamando a vivir una vida plena, de acuerdo con su voluntad.

El suéter representaba el nombre de nuestro campamento, pero para mí, ser “Selecto” también tenía un significado espiritual: reconocer que Dios tiene un propósito para nuestra vida.

Luego llegó el domingo y continuamos con el cronograma del culto. La presencia de Dios siguió siendo una parte muy especial de la experiencia.

En la tarde tuvimos un espacio de juegos con los jóvenes y adultos de la iglesia. La verdad, fue una experiencia muy divertida y desestresante. Pudimos compartir, reírnos y disfrutar juntos de una manera diferente.

No todo era culto y enseñanza; también hubo espacio para divertirnos, reírnos y compartir con los jóvenes y adultos de la iglesia.

Estos momentos también son importantes, porque un campamento no se trata solamente de asistir a los servicios, sino de compartir con otras personas, crear recuerdos y disfrutar de la compañía de quienes están viviendo la misma experiencia.

Una parte muy bonita del campamento fue poder compartir estos días con mis amigos y llevarme recuerdos que van más allá de las actividades.

Ya en la noche, nos alistamos, buscamos los alimentos y nos vestimos para el culto. Era la Noche Blanca y se iba a celebrar la Santa Cena, una ceremonia simbólica en memoria del sacrificio y la muerte de Cristo.

Todos nos vestimos de blanco, cantamos y oramos. Durante el servicio, vivimos momentos que nos impactaron y que muchos de nosotros recordaremos por mucho tiempo.

Vestidos de blanco, nos reunimos para vivir una noche especial de adoración y participar en la Santa Cena.
Pan y vino: Símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo.

Esa noche también ocurrió una situación que nos dejó pensando y que, después, se convirtió en una de las anécdotas que comentamos entre las chicas.

Una joven de la iglesia comenzó a tener comportamientos extraños que algunos interpretamos como una influencia espiritual y no de Dios. Antes de que comenzara el culto, mientras todos estábamos sentados esperando la hora, ella empezó a reírse sola. Las personas que estaban a su alrededor no entendían lo que estaba pasando. Durante el servicio continuó comportándose de una manera que nos llamó la atención y hacía movimientos extraños con su cuerpo.

Cuando algunas personas fueron a orar por ella, se desmayó. Cuando despertó, se ocultaba en el pecho de su prometido y gritaba: “¡No, no, no!”, como si no quisiera escuchar lo que le decían. Después vomitó, corrió al baño y se sentó en una silla. Se veía débil.

Más tarde, cuando las chicas estábamos conversando y tratando de entender lo que habíamos observado, sentimos un poco de temor. Era una situación que no sabíamos cómo interpretar y, aunque teníamos miedo, también confiábamos en que Dios estaba con nosotras. Por eso decidimos hacer una oración para tranquilizarnos y poder dormir en paz.

Otra cosa que viví esa noche, y que me asustó bastante, ocurrió después de esa conversación. Cuando entré al baño para cepillarme los dientes, empecé a escuchar un sonido parecido a “shhhhh”. En mi mente dije: “Hay poder en el nombre de Jesús”. Intenté tranquilizarme y no mostrarme asustada.

Seguí escuchando el mismo sonido. Al principio pensé que podía ser una de las chicas que ya estaban dormidas y que, al escucharnos hablar, nos estaba mandando a callar. Esa fue mi primera explicación.

Sin embargo, cuando salí del baño, seguía escuchándolo. Entonces me acerqué a mi amiga Zayra y le dije:

—Quédate en silencio y escucha.

Cuando ella y mis otras tres amigas se quedaron calladas, el “shhhh, shhhh” continuaba. Para no asustarnos más, dijimos que podía ser el abanico, aunque nos parecía extraño el ruido.

Estábamos asustadas porque la joven se encontraba durmiendo en el mismo espacio, en el balcón, literalmente cerca de nosotras. Todo lo que había ocurrido durante la noche seguía en nuestras mentes y eso hacía que sintiéramos más angustia.

Al final, pudimos dormir tranquilas y, cuando amaneció, terminamos contándoles lo ocurrido a otros amigos del campamento. ¡Imagínense las conversaciones que tuvimos después! JAJAJA.

Aunque fue una situación que nos causó temor, también se convirtió en una anécdota que recordamos de esos días. Cada una vivió la situación desde su perspectiva y, en medio de todo, nos acompañamos y buscamos tranquilidad a través de la oración.

Entre conversaciones, risas y anécdotas, también quedaron esos momentos espontáneos que forman parte de la convivencia con nuestros amigos.

Después de todas esas experiencias, llegó el lunes, el último día del campamento. Ya se sentía la nostalgia de saber que pronto regresaríamos a casa.

En la mañana tuvimos la última prédica y, en la tarde, disfrutamos de los últimos juegos. Después organizamos todo, recogimos nuestras pertenencias y esperamos la llegada de los buses que nos llevarían de regreso.

Finalmente, llegó el momento de regresar. Cada quien tomó su camino hacia casa, pero yo me llevaba un corazón feliz, lleno de gratitud por lo vivido y con el deseo de seguir creciendo en mi relación con Dios.

Selectos fue una experiencia en la que pude compartir con mis amigos, disfrutar de actividades diferentes, escuchar enseñanzas bíblicas y, sobre todo, vivir un momento de adoración que significó mucho para mí. Me recordó que Dios sigue presente, incluso cuando a veces nos cuesta sentirlo, y que siempre podemos acercarnos a Él.

Por eso, recomendaría vivir la experiencia de un campamento cristiano. No solamente por las actividades o por la oportunidad de compartir con otras personas, sino también por los espacios que nos permiten detenernos, reflexionar sobre nuestra vida y fortalecer nuestra fe.

A veces necesitamos salir de nuestra rutina, compartir con otras personas y dedicar tiempo a aquello que es importante para nosotros. En mi caso, Selectos me dejó recuerdos, aprendizajes y el deseo de seguir luchando por mi salvación y de ser cada día mejor para servir a Cristo.

Me fui con la alegría de haber vivido algo especial y con la esperanza de que lo aprendido durante esos días continúe dando frutos en mi vida.

CAMPISTAS SELECTOS

Autora: Sayreth Hernández Peñuela.

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