Cinco meses que cambiaron mi manera de ver la vida por completo

A veces uno tiene sueños desde que es muy pequeño, pero nunca se imagina cómo van a terminar pasando las cosas. En mi caso, todo comenzó con el sueño de una niña pequeñita que veía películas de princesas que luchaban contra viento y marea por cumplir todos sus sueños. Yo veía esas películas y de alguna manera me imaginaba convertida en una de ellas, aunque no sabía la manera de como seguir sus pasos y como siempre no son los planes que uno quiere si no los que Dios tiene para cada uno. Y en esta oportunidad, me reto de la manera mas loca posible, por que loca se preguntaran, loca porque aun teniendo una vida cómoda al lado de ellos decidí apartarme por un tiempo para aprender a vivirla sin su compañía. Todavía me parece algo muy bonito pensar que pude vivir una experiencia académica que en algún momento solo veía a través de peliculas en la televisión. Chile no fue mi primera opción, la verdad, pero hoy puedo decir que no me arrepiento para nada de haber escogido ese país. Al contrario, terminó superando todas mis expectativas y regalándome una de las etapas más lindas que he vivido hasta ahora.

Desde que llegué a Santiago de Chile, empecé a descubrir cosas que me llamaban muchísimo la atención. Sus edificios tan grandes, sus calles, la forma en que se vive allá, su cultura y las personas que fui conociendo. Todo tenía algo diferente para mí. Me gustaba salir y observar, conocer lugares nuevos y darme cuenta de que estaba viviendo algo que antes parecía tan lejano que tan solo era irreal que estuviese siendo mi vida. Poco a poco fui creando una conexión con la ciudad, hasta el punto de sentir que ya no era solamente un lugar al que había ido a estudiar, sino un lugar que también se estaba volviendo parte de mí. Pero si algo me enseñó esta experiencia es que un país no se queda solamente en sus paisajes o en sus edificios, también se queda en las personas y en los momentos que uno vive con ellas.

Algo que me gustaba mucho de Santiago era que siempre encontraba algo nuevo que llamaba mi atención. A veces bastaba con caminar por sus calles y mirar a mi alrededor para sentir que estaba descubriendo un mundo completamente diferente al que conocía. Los edificios, la arquitectura, el movimiento de las personas y esa mezcla entre lo moderno y los lugares que conservan parte de su historia hacían que cada recorrido tuviera algo especial. También me gustaba mucho ver cómo la ciudad cambiaba dependiendo del lugar en el que estuviera. Había espacios llenos de movimiento, otros más tranquilos y rincones en los que uno podía detenerse un momento simplemente a observar. Para mí, todo eso hacía que Santiago tuviera una personalidad propia.

Recorrer Santiago también era una forma de darme cuenta de lo mucho que estaba viviendo. Había momentos en los que me detenía a pensar que realmente estaba ahí, lejos de mi casa, conociendo lugares que antes solo podía imaginar. Me gustaba esa sensación de salir sin conocer del todo lo que me esperaba, aprender a moverme por la ciudad y acostumbrarme poco a poco a sus ritmos. Incluso las cosas más sencillas, como caminar por una calle que no había visto antes o reconocer un lugar después de haber pasado por allí varias veces, se fueron convirtiendo en parte de mis recuerdos. Ahora entiendo que no necesitaba hacer algo extraordinario todos los días para disfrutar de la experiencia, porque muchas veces eran esos pequeños momentos los que hacían que todo valiera la pena.

Pero si algo me enseñó esta experiencia es que un país no se queda solamente en sus paisajes o en sus edificios, también se queda en las personas y en los momentos que uno vive con ellas.

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Hay un recuerdo que sé que nunca voy a olvidar, y fue la despedida que me hizo la señora Sara, la persona que me arrendó durante los cinco meses que estuve en Chile. Ella organizó una despedida con todos sus hijos para mí, y ese detalle significó demasiado. Porque al final uno llega a otro país sin saber muy bien qué se va a encontrar, y terminar recibiendo tanto cariño de personas que al principio eran desconocidas es algo que no se olvida fácilmente. Fue uno de esos momentos en los que uno entiende que la familia y el cariño también se pueden encontrar lejos de casa.

Creo que ese tipo de recuerdos son los que hacen que hoy extrañe tanto mi estadía. No es solamente extrañar Santiago o querer volver a visitar los lugares que conocí, es extrañar todo lo que viví allá, las pequeñas cosas, las personas, las costumbres y hasta esos días que en su momento parecían normales, pero que ahora recuerdo con tanto cariño.

A veces pienso que lo más curioso de extrañar una ciudad es que uno termina recordando cosas que, mientras las vivía, parecían muy simples. Lugares por los que pasaba con frecuencia, calles que poco a poco se me fueron haciendo familiares y paisajes que ya formaban parte de mi día a día. Santiago se convirtió en mucho más que una ciudad que estaba conociendo; terminó siendo el escenario de una etapa muy importante de mi vida. Por eso, cuando pienso en volver, no me imagino solamente visitando sitios turísticos o tomando fotografías de los lugares que me gustaban. También me imagino volviendo a caminar por esos espacios que hicieron parte de mi rutina y sintiendo esa familiaridad que fui construyendo durante los cinco meses que estuve allá.

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También siento que volví siendo una persona diferente. Antes de irme de intercambio era una, mientras estuve allá fui cambiando y ahora que estoy nuevamente en mi país siento que soy otra persona. Cambió mi manera de pensar, de ver la vida y de enfrentar las cosas. Aprendí a ser más independiente, a resolver situaciones por mi cuenta y a confiar un poco más en mí misma. Estar lejos de casa me hizo conocer partes de mí que quizás no había descubierto todavía. Además, me ayudó a vivir una etapa personal en la que necesitaba sentirme mejor conmigo misma. Hubo cambios en mi vida, incluso físicamente, pero siento que lo más importante fue todo lo que pasó dentro de mí. Porque a veces uno cree que viajar es solamente conocer lugares, tomarse fotos y guardar recuerdos, pero hay experiencias que terminan cambiándote mucho más de lo que imaginabas.

Siento que vivir en esa ciudad tan grande como Santiago también me ayudó a entender que salir de lo conocido puede dar miedo al principio, pero que muchas veces es justo lo que uno necesita para crecer. Tuve que adaptarme a una ciudad diferente, a nuevas costumbres y a una rutina que no era la de siempre. Poco a poco fui encontrando mi propio ritmo, aprendiendo a desenvolverme y disfrutando de esa independencia que al principio podía parecer un reto. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que no solo estaba conociendo otro país, sino que también estaba aprendiendo a conocerme a mí misma desde otra perspectiva.

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Hoy, cuando pienso en Chile, me da una nostalgia muy bonita. De esas que te hacen sonreír, pero que también te hacen desear volver el tiempo atrás aunque sea por un momento. Me enamoré de ese país de una manera que no esperaba, y creo que eso es lo más especial de todo. Llegué sin imaginarme cuánto podía significar para mí y terminé queriendo regresar incluso antes de haberme ido.

No sé exactamente cuándo volveré, pero sí sé que quiero hacerlo. Quiero volver a caminar por Santiago, volver a ver esos edificios que tanto me gustaban, reencontrarme con personas que hicieron parte de mi historia y sentir otra vez esa emoción de estar allá. Porque hay lugares que uno visita y después olvida, pero hay otros que se quedan guardados en el corazón de una forma muy diferente.

Santiago de Chile, durante mi intercambio academico

Parque metropolitano de Santiago

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Me gustaría volver y mirar la ciudad con otros ojos, porque sé que, aunque los lugares sigan ahí, yo ya no sería exactamente la misma persona que llegó por primera vez. Seguramente encontraría calles que me resultarían familiares y otras que todavía tendría ganas de conocer. También me gustaría volver sin las mismas prisas de un intercambio, con más tiempo para disfrutar de cada lugar y para compartir nuevamente con las personas que hicieron especial esa etapa. Creo que sería bonito regresar y recordar todo lo que viví, pero también descubrir nuevas cosas, porque una ciudad como Santiago siempre puede sorprenderte de alguna manera.

Chile fue mucho más que un intercambio académico para mí. Fue cumplir un sueño de niña, aprender a vivir de otra manera, conocer personas maravillosas y descubrir que soy capaz de hacer muchas cosas por mí misma. Fue una experiencia que llegó en un momento de mi vida en el que necesitaba nuevos aires y que terminó regalándome recuerdos que voy a llevar conmigo durante mucho tiempo. Y si algo tengo claro, es que volvería a escoger vivir esta experiencia. Quizás cambiarían algunas cosas, quizás viviría otros momentos, pero volvería sin pensarlo tanto, porque ahora entiendo que hay sueños que, cuando por fin se cumplen, terminan siendo mucho más bonitos de lo que uno imaginaba.

Chile, sin duda, fue uno de esos sueños que nunca voy a olvidar.

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