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Cuando uno está por terminar comunicación social, se imagina el mundo laboral de cierta manera. Yo pensaba que iba a ser más práctico y que haría tareas más propias de un director de comunicaciones. La realidad fue distinta. Hoy soy asesora de comunicaciones y redes sociales de una organización y hay días en que mi trabajo consiste en estar sentada en una silla, editando piezas y organizando cosas. Quizás es porque apenas estoy empezando.

Tampoco sabía que las organizaciones estaban totalmente divididas por áreas: sistemas, mantenimiento, talento humano, contabilidad y muchas más, y que cada una es indispensable para que todo funcione. Llevo un año trabajando y ya aprendí cosas que ninguna clase me habría enseñado. Estas son tres de ellas.

Comunicar no es solo publicar

Cuando empecé a trabajar estaba convencida de que ser comunicadora era sinónimo de redes sociales. Por eso, cuando grabé mi primer video, para la campaña de la pañaletón, una recolecta de pañales entre los colaboradores de la organización, di por hecho que saldría publicado en redes. Hasta que la líder de talento humano me aclaró que ese video no se iba a difundir por ahí, que solo circularía por los grupos y canales de WhatsApp internos.

Me sentí extraña y la verdad me desmotivé un poco. Era mi primer proyecto y como muchos que empiezan, quería que mi trabajo tuviera foco y se viera, y de pronto sentía que eso no iba a pasar. Pero me equivoqué el video llegó a todos los colaboradores, la campaña se regó de voz en voz y logramos recoger 1.300 pañales. Fue un éxito total. Llegó al corazón de todos y cada uno puso empeño en donar, que al final es lo más importante.

Entendí que hay cosas que uno hace como comunicador dentro de una empresa que no salen a la luz de las redes sociales, y que la comunicación interna es igual de importante.

Pensar distinto no es pelear

Otra cosa que aprendí fue que en una oficina los desacuerdos están a la orden del día, y que cuando uno apenas está entrando al mundo laboral no siempre sabe cómo manejarlos. A mí me pasó en época del Festival Vallenato, cuando el área de comunicaciones organizaba el desfile de pioneras y yo estaba a cargo de prácticamente todo.

Una compañera propuso una idea que quería hacer a su manera y yo no estuve de acuerdo. Con tanto estrés encima, no supe cómo responderle. Hice malos gestos y usé un tono que no era el adecuado para trabajar en equipo, y ella se lo tomó personal. Después entendí que no pensar igual no era motivo para pelear. Hablé con ella con calma, buscamos juntas la solución más viable para lo que necesitábamos y ninguna le respondió mal a la otra. Las aguas se calmaron.

Ese momento me hizo reflexionar que no siempre las cosas van a salir como uno quiere y que, trabajando en conjunto, las situaciones se solucionan más fácil. También aprendí algo que me parece clave: aunque esté pasando por una situación personal o por un mal día, no debo desquitarme en mi área de trabajo, porque son cosas ajenas a eso. Es saber dividir lo laboral de lo personal. Desde entonces trato de expresarme con más calma y de dar mi opinión sin perjudicar ni tachar la de mis compañeros, porque tanto lo que se dice como la forma en que se dice importa.

Que me alcance la vida

El tercer aprendizaje es el que todavía estoy practicando: manejar el tiempo. Como aún no termino la carrera, trabajo y estudio a la vez. Estas dos últimas semanas del semestre tengo trabajos y proyectos en todas las materias y, al mismo tiempo, videos por editar para la organización. Hay noches en que trasnocho por la universidad o por una edición, y días en que no logro descansar bien.

Lo que me ha funcionado es anotar todo, una y otra vez, para que nada se me olvide, y empezar siempre con tiempo para que me alcance la vida. No es perfecto, pero para tantas cargas siento que lo he manejado bien. Todos los días sigo aprendiendo a manejarlo y a sacar espacio para todo, porque en este momento de mi vida todo es importante.

Lo que me llevo

Después de un año, entiendo que comunicar va mucho más allá de publicar. Un video que nunca llegó a redes terminó moviendo a toda una organización, y un desacuerdo mal manejado me enseñó que comunicarse también es escuchar, calmarse y buscar soluciones en conjunto. Entre trabajos, proyectos y ediciones, aprendí además que el tiempo se maneja anotando todo y empezando temprano.

También descubrí que una organización funciona porque cada área, desde sistemas hasta contabilidad, cumple su parte, y que mi trabajo como comunicadora es una de esas piezas.

A quienes están por empezar a trabajar les diría que es un reto totalmente distinto a lo que estamos acostumbrados como estudiantes, pero que, sin duda alguna, ha sido lo mejor que me ha pasado. He aprendido cosas que estoy segura de que en la universidad no habría podido aprender, y creo que justamente por eso vale la pena atreverse.

Por Valentina D’amire Gnecco

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